Campeones sin Trofeo

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Invariablemente las crónicas ajedrecísticas se nutren de relatos donde talentosos deportistas alcanzan los primeros lugares en los torneos, o de clubes quienes en tareas desarrolladas por años logran palmar una identidad propia en el entorno en el cual se erigen.

Otros relatos se vuelcan a los dirigentes, quienes en forma honoraria cargan sobre sus hombros la organización de torneos, desarrollan proyectos federativos y una serie de responsabilidades diversas.

Se difunde también a los nuevos brotes que germinan en este tablero de alcance mundial, regado por la sapiencia de muchos profesores que transfiriendo saberes generan los frutos del futuro.

Pero hay siempre trabajo anónimo que pasa desapercibido, y que sin embargo merece el aplauso y el reconocimiento de muchos. La mayor cantidad de las veces, esa labor es generada por gente muy humilde, con perfil extremadamente bajo, que jamás alza la voz y que intenta pasar inadvertida.

Es como si una gran niebla nos impidiera ver algo muy importante.

Pero hay gente que brilla.

Y mucho.

Tanto que ninguna niebla es capaz de ocultar su luz, y su transitar sereno y firme hace que no necesite jamás levantar la voz, su susurro sabe hacerse escuchar, su prédica llega a tierra fértil, y germina.

Su vitrina no tiene trofeos de primer puesto, ni tampoco cuelgan abundantes medallas desde su cuello.

Sus premios son otros, su recompensa es bien distinta.

Pero tuvo que llegar el año pasado para que se comprendiera la invaluable tarea que lleva adelante.

Y a muchos kilómetros de distancia de donde realiza su tarea habitual, se la supo distinguir como una de las mejores 50 docentes de su país.

Llena de alegría que haya trascendido la valía de esta mujer de su entorno más cercano.

Ahora ya muchos saben, la maravilla que sus alumnos descubren a diario.

 

Apertura – (primeros y fundamentales movimientos)

 

A 60 kilómetros de Puerto Montt y formando parte de la comuna de Calbuco, se encuentra Chayahué, una localidad rural del sur de Chile en la Región de los Lagos.

Ahí abrió sus ojos por primera vez Angélica, siendo parte de una familia de campesinos que carecía de figura paterna. Esa familia que la cobijó en su niñez eran 2: mamá y abuela

La escuelita rural de la ciudad fue donde cursó sus primeros estudios, y para alegría y beneficio de tantos, fue donde descubrió el ajedrez a la edad de 10 años.  Al poco tiempo y como una primera y tímida señal, algo iba a recibir por la magia del mundo del tablero.

Al comenzar a participar en competencias a nivel local y lograr un destaque, llegó a ser parte de un certamen en la capital. Los escaques y trebejos hacían que la pequeña Angélica pisara por primera vez Santiago, la capital del país.

Se destacaba siempre, dentro del tablero y fuera de él, y eso motivó a que su profesor de ese entonces intentara que en la vida de aquella pequeña pasara algo diferente, que todo ese potencial se desarrollara, se puliera, que ampliara sus horizontes.

Mario González Marín y su esposa, hicieron todo lo posible para que Angélica siguiera con sus estudios, que pisara los salones de secundaria en una Chayahué acostumbrada a ver a los hijos de su tierra culminar la escuela, dejar los libros, olvidarse del lápiz y la goma, y dedicarse a trabajar en labores de campo y mar.

Y las gestiones se hicieron para que la brillante alumna pudiera continuar creciendo. De su bolsillo era imposible costear alojamiento y traslados, así que aparecieron las becas que hicieron eso posible.

Y vaya que la niña que había sacado las mejores notas en la escuela lo supo aprovechar.

Terminó la secundaria, luego obtuvo el grado de Licenciada en Educación en la Pontífica Universidad Católica de Chile, realizando parte de su práctica en Pamplona, España.

La oportunidad brindada había sido muy bien aprovechada.

 

Medio Juego – (compartiendo saberes, sembrando valores)

 

El año 2010, vio a Angélica junto con su familia trasladarse hasta Queullín. una isla de poco más de 7 kilómetros cuadrados y con menos de 300 habitantes.

Y bastó que pasara un poco el tiempo para que la mano de esta joya de docente empezara a contagiar a sus alumnos con su brillo.

la alegría de los primeros logros

La escuelita de la isla la vio ponerse a su frente, y con su trabajada docencia y su calidez humana sin igual, fue compartiendo sus saberes con las decenas de niños que llenaban las aulas. Y el tiempo, como siempre, y de forma inexorable, avanza, jamás deteniendo su andar, y con él, la gente que día a día llena sus manos de semillas y las esparce, empieza a recoger su tarea en forma de frutos.

Y los niños empezaron a crecer y poco a poco no hubo nadie en esa isla pequeña pero tan llena de amor, que no supiera qué era un jaque, un enroque o un rey ahogado. Las cabecitas de todos los isleños se fueron formando con las jugadas planificadas y elaboradas sobre el tablero.

La docencia expuesta sobre la vida misma, para formar ganadores en el día a día, en emprendedores del mañana, en personas analíticas del futuro.

Pero también se animaron a dar un paso más y así como en algún momento ella se vio impulsada por Mario González para saltar barreras, franquear obstáculos y crecer más allá de lo que era habitual en su comunidad, ahora era la misma Angélica quien motivaba y generaba las condiciones para que sus niños de la isla transitaran un camino desconocido y que el ajedrez se empecinaba en abrirle la puerta.

Así fue que los niños se tomaron la barca una vez y salieron de su tierra conocida.

Así fue que se demostraron a ellos mismos que podían competir con quienes en Calbuco formaban parte del club de ajedrez.

Así fue como otros empezaron a conocer que «los niños de la isla», entendían de qué se trataba esto y lo entendían muy bien.

Así fue como empezaron estos pequeños a volver a la isla con medallas colgando de su cuello,  y buscando algún lugar donde poner los trofeos conseguidos.

En Santiago, frente al Polideportivo, orgullosos con su bandera

Así fue, que los niños se animaron no solo a tomar la barca y partir de la isla, sino que se subieron al avión y llegaron a Santiago a participar del Panamericano, y sorprenderse con un gimnasio que albergaba más del doble de gente que su territorio habitual.

Y volvieron felices de esa experiencia, y siguieron practicando, entrenado, sabiendo que podían, que tantas enseñanzas no habían sido en vano y que desde ese pequeño lugar en el mundo había material para lograr cosas importantes.

Niños afortunados, que tenían a Angélica y también a Carlos su gran compañero, quienes tras gestiones varias, lograron los medios para un nuevo objetivo: llevar a los niños fuera del país.

Hasta estuvieron en la cabina con el piloto

Perú fue el destino de esta delegación maravillosa, que fue creciendo en número, en capacidad y en confianza, poniendo en la práctica que cuando se sueña con fuerza, cuando se procede con valentía, todo desafío es posible de conseguir.

El Final- (más bien el momento actual de esta partida)

 

El ciclo de vida que tuvo Angélica en la isla Quellín culminó hace poco más de un año.

Se subió a la barca, transitó sus aguas tantas veces bravías e inhóspitas, y partió con otros rumbos.

Pero es sabido que cuando alguien tiene una luz en su interior, ésta no se permite jamás dejar de alumbrar.

Y Angélica es eso, una luz que camina, alumbra, ilumina, destierra la oscuridad.

Incorporada a su nuevo lugar, a la Escuela Rural Pargua y ya adoptando prácticamente como hijos a sus nuevos alumnos.

El proceso  jamás se detiene, su luz jamás se apaga.

Comenzó de a poco y ya son más de 100 los niños que ahora integran su nuevo taller de ajedrez, y apuesta a consolidar esta escuela como un símbolo de la enseñanza del ajedrez en la zona, con proyectos que se perpetúen en el tiempo.

Angélica fue el año pasado una de las mejores 50 docentes de todo Chile, más que merecido reconocimiento.

Angélica no tiene trofeos en su repisa, ni cuelga medallas sobre su cuello, ni sueña con el podio en un campeonato.

Angélica rodeada de sus más cálidos afectos

Su recompensa es otra.

Es ver la sonrisa de un niño cuando una idea pudo plasmar con éxito, es el abrazo de un alumno al verla llegar al taller para compartir otra jornada de aprendizaje, es el ver convertidos en personas con valores a aquellos enanitos que alguna vez llenaron sus aulas.

No hay final.

Sería imposible.

Su luz sigue brillando como el primer día.

Donde esté Angélica no habrá oscuridad.

Los brazos extendidos de cientos será el mejor premio para esta docente que vive, siente y se emociona con la felicidad y el crecimiento de sus alumnos.

Su casa de la niñez contaba con el amor de mamá y abuela, no había figura paterna.

Esto también es parte de la historia de Angélica Neiquel Ayancán.

También es parte fundamental en esta historia, la aparición justa de Mario González, ese profesor que se cruzó en su camino en el momento preciso, así como es un sostén indispensable el hogar que supo formar con el transcurso de los años.

Su gran compañero Carlos Cañumir y sus hijos Inti y Nahuel apoyan, estimulan, aman y potencian día tras día los sueños de esta gigante docente.

Columnas de amor que sostienen ese corazoncito solidario que camina a diario en busca de un nuevo amanecer

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Referencias sobre «la isla del ajedrez»

03/08/2018.- La isla del ajedrez existe

20/08/2018.- Los niños de la isla, salen, compiten y….¡ganan!

11/11/2018.- Su comienzo, su presente, sus desafíos

 

 

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